domingo, 3 de marzo de 2013

"Boabdil" de Antonio Soler




Boabdil. Capítulo XI (fragmento) Boabdil, después de firmar la alianza con los Reyes Católicos, entrega a su hijo Ahmed como garantía de que cumplirá su parte en los acuerdos. 


Finalizaba el mes de septiembre. Habían caído las primeras lluvias y la tierra estaba algo embarrada aunque ese día hacía sol. Ciento cincuenta soldados de su guardia personal, ataviados con sus capas de color escarlata, acompañaban a Boabdil. Desde que los acuerdos habían sido alcanzados verbalmente, el rey Fernando había posibilitado que Boabdil tuviese su propia guardia y que una columna de su ejército se estableciera en el castillo de Porcuna. Ahora, con esos ciento cincuenta soldados llegados desde Granada, Boabdil entraba en la ciudad de Córdoba, con los honores de un monarca. 

En las afueras de la ciudad se había producido el encuentro con su mujer, Moraima, con su hijo Ahmed y con su hermano Yusuf, escoltados a su vez por un pequeño destacamento de soldados cristianos. Esos soldados quedaron apostados en aquel lugar y fueron únicamente los hombres de Boabdil los que custodiaron a la familia real de los nazaríes en el último tramo de su viaje a Córdoba. Acompañados por diez tambores sordos que marcaban un pulso lento, atravesaron el puente más oriental sobre el Guadalquivir y fueron recibidos con toda solemnidad por el rey Fernando y el ejército cristiano, apostados en una extensa llanura cerca de la orilla. 

En una tienda de campaña, levantada con paneles de seda azul y festones y banderolas dorados, se firmaron los acuerdos por ambos reyes. Moraima no quiso entrar en la tienda ni participar en la ceremonia que debía separarla de su hijo. Se quedó con Ahmed, al pie de su caballo. Su mano pálida puesta en el hombro del niño. Con los soldados de la guardia personal a su espalda, silenciosos todos y solo con el batir de las capas, azotadas por un viento racheado, resonando levemente en el aire. 

Salieron de la tienda los dos reyes, Fernando y Boabdil, algo separados de ellos iban González de Mendoza, Gran Cardenal de España, el marqués de Cádiz, Ponce de León, Yusuf, hermano de Boabdil, El Muleh y, todavía algo más rezagado, Gonzalo Fernández de Córdoba. Durante la firma del documento y la breve conversación que los reyes habían mantenido, solo durante un instante Boabdil y Gonzalo habían cruzado la mirada. No llegaron a dirigirse la palabra. "Tal vez en otro tiempo, en otro lugar", pensó con un golpe de triste ironía Boabdil. 

Una vez fuera de la tienda, Boabdil cruzó en solitario la explanada que lo separaba de su mujer y de su hijo. Los soldados de su guardia alzaron las lanzas hacia el cielo, ondeando sus cintas de seda roja. Silencio y viento. Podían incluso oírse los pasos de Boabdil en aquella tierra embarrada. Su hijo intentaba mostrar solemnidad, parecía más sorprendido que apenado. Boabdil llegó hasta ellos. Miró los ojos de su mujer, que bajó los párpados en señal de asentimiento a la vez que dos lágrimas rápidas como cuchillos se le deslizaban desde los ojos a la comisura de los labios. 

Levantó la mano Moraima del hombro de su hijo. No lo miró, se quedó con la vista puesta en el frente. De un modo turbio veía al rey Fernando, aquellos hombres con ropajes vistosos que se le amontonaban como una masa informe delante de la gran tienda de seda, de aquel resplandor. El pequeño Ahmed, apenas se giró para mirar a su madre. Puso sus ojos en los de su padre y este esbozó una sonrisa y posó su mano suavemente detrás de su cuello, bajo el pequeño turbante rojo que cerraba un broche de plata en forma de león. 

Así, con la mano en la nuca de su hijo, los dos caminando con paso lento y cadencioso, atravesó Boabdil la explanada en sentido contrario al que anteriormente había hecho. Ahmed cada vez veía más nítidos aquellos rostros pálidos, la barba rojiza, el gesto grave de Ponce de León, aquel ceño fruncido, grave del Gran Cardenal, sus ropajes, que parecían una llamarada. La expresión serena del rey Fernando. 

Se inclinó ante él según las instrucciones recibidas y el rey se agachó a su vez para poner sus manos a ambos lados de sus hombros y hacer que se incorporase. Lo besó en ambas mejillas. Le dedicó unas palabras que el niño no pudo entender. Una sonrisa afectuosa. Boabdil, siguiendo la pauta pactada previamente con su hijo, no prolongó la despedida ni quiso hablar con él. Ya lo habían hecho esa mañana a primera hora. Solos, sin la presencia de su madre. Como dos hombres que debían asumir su deber de reyes. 

Boabdil buscó con la mirada a Gonzalo Fernández de Córdoba. Este, advirtiéndolo, salió de detrás del Gran Cardenal. Boabdil empujó suavemente en la espalda a su hijo, que, ahora sí, volvió la cabeza para dirigir la vista a Boabdil e inmediatamente se giró para mirar a su madre. Solo un instante. Luego miró a aquel hombre que tendía una mano hacia las suyas y le hacía una leve reverencia. Y dio unos pasos hasta él. 

Boabdil se despidió del rey Fernando y este, antes de que se soltaran los antebrazos, que ambos se tenían cogidos entre sí, todavía le dirigió unas últimas palabras: 

- Sería superfluo deciros que os deseo toda la ayuda de Dios en el duro camino que os espera. Sería como pedir la protección del cielo para mí mismo o para la reina Isabel, pues vuestro camino es el nuestro y nuestra es vuestra suerte. 

- Espero que lo sea durante mucho tiempo, majestad. 

- Lo será. Y no temáis por quien dejáis con nosotros. Si siempre ha contado con nuestro favor y estima, a partir de este momento es considerado como parte de mi propia familia. 

En ello confío, majestad -miró Boabdil a Gonzalo Fernández de Córdoba al pronunciar quedamente esas palabras. 

Sonaron los tambores sordos que acompañaban a Boabdil mientras este cruzó por última vez aquella explanada de suelo irregular y embarrado. Todos los hombres permanecían en silencio, sin moverse. Ninguna palabra, ningún gesto, solo la mirada, cruzaron Boabdil y Moraima cuando él llegó a su altura. Montó su caballo con lentitud y seguridad. Esperó que subieran a su esposa. Ante él estaba aquella mancha de seda azul, aquellos hombres con ropajes lujosos y llamativos, el brillo oscuro de las armaduras y, en medio de ellos, la figura endeble de su hijo. 

Boabdil inclinó levemente la cabeza dando la señal de partida. Enmudecieron los tambores y el rey nazarí tiró con suavidad de las riendas para hacer girar su caballo. La columna se ponía en marcha en dirección a Granada. Boabdil iba a medirse cara a cara contra su padre. Concluía su tiempo de cautiverio. Atrás quedaban los días oscuros pasados en la Torre de la Calahorra, las largas conversaciones con Gonzalo Fernández de Córdoba en el castillo de Porcuna y la vida entre unos enemigos a los que había venido a combatir hacía algo menos de medio año y que ahora eran sus aliados. 

Boabdil y sus hombres se alejaban. En medio de aquella tierra arcillosa y desgastada por el verano, la columna de nazaríes semajaba una pequeña estela roja, sangrienta, avanzando por la llanura. Al otro lado del río Guadalquivir, también el ejército del rey Fernando, más numeroso y pesado, se ponía en movimiento. El pacto entre los reyes iniciaba su camino. Y eran muchos quienes, tal vez de un modo inocente, creían que un tiempo nuevo comenzaba para aquella tierra convulsa.



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